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Home / Meet the Bishops / Allen Vigneron / Statements & Homilies / Our Lady of Guadalupe Homily (Español)

Archbishop Allen H. Vigneron
Our Lady of Guadalupe Homily

Friday, December 11, 2009
Cathedral of the Most Blessed Sacrament, Detroit
 

Muy queridos hermanos y hermanas:

Todos los Años, Dios nuestro Padre nos da la gran alegría de mostrar publicamente el honor y el amor que nosotros tenemos para nuestra querida Señora y venerada Madre, Virgen de Guadalupe. Este año es una causa especial para mi de celebrar esta festival con ustedes, mis amados hijos e hijas en Cristo. El Señor Jesús es la Luz de todas las Naciones. Su Madre, la Virgen Maria, es, nosotros podríamos decir, “la lámpara” a través de quién vino su divino Jesucristo a este mundo. Es por esto que nosotros la honramos y la amamos: es Ella que nos ha traído a Nuestro Salvador y nunca falla para acercarnos a él.

Todo los detalles que componen la historia de las apariciones de la Santísima Virgen a San Juan Diego en ese invierno de Mil Quinientos Treinta Uno son obras maravillosas de la gracia de Dios: (a) Juan Diego que oye la música angelical como si fueran pájaros del cielo; (b) su hallazgo de las rosas en el cerro del Tepeyac en una estación cuando nada debe de florecer; (c) la aparición de la Madre de Dios, resplandeciente de belleza, en su túnica apropiada de una emperatriz; (d) la curación de su tío Juan Bernardino; (e) y, por supuesto, la imagen de la Virgen impresa en el tilma de Juan Diego, una señal que aun sobrevive en nuestro tiempo de su presencia viva entre todos sus hijos.

Hoy, sin embargo entre todas estas maravillas que constituyen el gran milagro de la visita de la Virgen de Guadalupe a su Juan Diego, lo que llega más a mi corazón y mente son las palabras que Nuestra Señora le dijo. En su propia lengua materna Nahuatl, ella le habló muy tiernamente. En esa forma única amable y elegante, ella le habló con el cariño y afecto de una madre y lo llamó su “Juanito,” su “Juan Dieguito” “el más pequeño de mis hijos,” Igual que cualquier buena madre lo haría, ella apartó toda la formalidad y compartió con su Juanito la profunda verdad acerca de ella: que ella es “la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador bajo quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.” Y, como cualquier madre amorosa, ella le dijo del profundo deseo que le quemaba en su corazón maternal: Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, y a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amados míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.” Ella le habló de su deseo ardiente por sus hijos e hijas que la Providencia le ha dado cuando el Evangelio llegó a este continente.

El hecho de que la imagen milagrosa de la Virgen permanezca hasta hoy día en la tilma de Juan Diego es una señal que el diálogo entre la Virgen y Juan Diego persevera, también. Ella, quién es la madre de Dios hasta el fin de los tiempos, sigue siendo también nuestra Madre. Su corazón no se ha enfriado, ni es indiferente. No puede serlo. Ella quiere aún darnos su amor y compasión, su ayuda y protección. Ella siempre está preparada, y siempre lo estará para escuchar a nuestros lamentos y remediar nuestras miserias, aflicciones y tristezas.

Hoy, como todos sus otros pastores, estoy vivamente consciente de dos aflicciones particulares, entre las muchas que pesan sobre ustedes, los hijos de esta Madre Virgen. Primero: la prueba que asedia a tantos que viven sin documentos y estado legal necesario para garantizar la inviolabilidad y seguridad de su círculo familiar. La imagen paciente de la Virgen de Guadalupe es la promesa que Nuestra Madrecita no se ha olvidado de ustedes; ella conoce este dolor, y ella escuchara nuestras plegarias para librarnos de ese peso. Unamos nuestras plegarías rogando a la Virgen en estas celebraciones que ponga fin a esta aflicción.

El segundo dolor del que estoy muy consciente en sus vidas es la dificultad de conservar sus casas como santuarios del amor cristiano de esposos y esposas, de hijos y padres. La falta de recursos, oportunidades educativas deficientes, y las presiones culturales que claman contra la familia, como Dios lo ha pensado-todas éstas son las causas que claman desde el corazón de la Virgen de Guadalupe su amor, compasión, ayuda y defensa. Seamos uno en implorar a Nuestra Señora, Nuestra Madre, que proteja a nuestras familias y que nos otorgue lo que necesitamos para su prosperidad. Especialmente que los padres compartan la fe con sus hijos: su amor por la Santísima Eucaristía, su devota confianza en la Virgen de Guadalupe y su lealtad a la Iglesia Católica.

El diálogo entre San Juan Diego y Nuestra Señora es como una alianza. El se comprometió a construir un templo, y ella desde ese templo, sería un instrumento de la compasión y amor de nuestro Padre Celestial. La Madre de Dios hizo una promesa, audaz y maravillosa: de que su cuidado por nosotros nunca fallaría. Su fidelidad es la causa de esta alegría que hoy manifestamos.

 
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